De las opiniones ajenas

por | 2 Feb 2016 | | 0 Comentarios

oidos sordos
oidos sordos, es a mi?

Mientras se está embarazada todo es relativamente fácil, siempre que el embarazo lo sea, claro: recibes miradas llenas de ternura, te lees unos cuantos libros, visitas mil webs y devoras tropecientos artículos relacionados con el embarazo y, por lo general, disfrutas mucho de él.

Sin embargo, ese pequeño Edén puede desaparecer con facilidad cuando tu criaturita llega al mundo y derivar en estados de indecisión y malestar. Ya en el hospital es fácil empezar a escuchar consejos (en ocasiones, aunque expresados con la mejor intención, no son lo que necesita la madre) en forma incluso de valoraciones sobre la lactancia, o sobre si el bebé está demasiado abrigado o si pasa frío. Que por qué le das teta ahora, que le dejes en la cuna, que se acostumbra a los brazos… Estos comentarios abarcan cada vez una temática más amplia conforme pasa el tiempo: el sueño del niño, la educación, la comida. ¡Ay, como tu hija o hijo coja una rabieta en público! dará igual cómo respondas a ella, casi siempre te encuentras con miradas de reproche: que si le has reñido poco, que si le has reñido mucho, ¡qué cómo se te ocurre acompañar una rabieta!

Es curioso que incluso los desconocidos se atrevan a juzgar tu comportamiento, eso cuando no juzgan el de tu hijo: que si vaya genio, que si es un manipulador; que si sacrificas demasiado por ellos, o demasiado poco y un largo etcétera. Por supuesto estamos hablando de niños sin necesidades especiales o que no estén pasando una etapa algo más intensa que otros, porque como sea así, prepárate.

Pero de todo esto, lo más frustrante puede ser que a ti, después de esforzarte cada día por darle lo mejor a tu hijo, por tratar de responder a sus necesidades, tras contrastar información de forma casi obsesiva, o porque realmente sientes que lo estás haciendo bien, nadie (o con suerte, casi nadie) te pregunte por qué actúas de una forma u otra, sino que directamente se valore tu actuación.

¿Qué es lo que está sucendiendo? ¿Por qué las personas de tu alrededor se sienten con la libertad y casi con la obligación para aconsejarte sin dudar? ¿Por qué lo hacen incluso personas que no son de tu entorno?

Reconozco que antes (y bueno, ahora aunque menos, también, no voy a mentir) me resultaba incómodo que se me increpase en ocasiones de forma invasiva, en ocasiones no, para decirme qué y cómo hacer las cosas. La familia, los vecinos, en la cola del súper, en el metro. Cada uno desde su propia experiencia y en general, sin tener en cuenta porqué nosotros habíamos optado por un tipo de crianza y lo que eso implica. ¿Por qué puede resultar incómodo o irritante? No sólo porque lo consideres una invasión, sino porque en el fondo sientes que se está cuestionando tu forma de criar, esa forma de criar que tanto te está costando y por la que luchas para ser consecuente y coherente.

Llega un momento en el que se empieza a llegar a un equilibrio. Las personas más cercanas a ti comienzan a entender o al menos a respetar tu modelo. Y tú, o vosotros, conforme vas adquiriendo más experiencia, empiezas a ser menos permeable y más tolerante con los comentarios de los demás. También entiendes que, estés de acuerdo o no, en el fondo quieren lo mejor para vosotros. (Excluyo de aquí los comentarios tipo: tienes un pequeño dictador en casa, te está tomando el pelo, a esa niña le hace falta un buen castigo/azote, etc., que desde luego no benefician a nadie).

Pero para mí lo más interesante es el fondo que trasciende a todo esto: por qué la conductora del autobús se siente en la obligación de aconsejarte, por qué el vecino que te cruzas en el ascensor se solidarizará contigo o con tu hijo si está en plena rabieta, por qué alguien paseando por la calle te dice que le pongas el jersey que va a coger un resfriado o que le cojas de la mano para que no eche a correr. Y es que en el fondo, puede que la sociedad se siga percibiendo a sí misma como una gran tribu. Una gran tribu llena de guardianes que velan por el bienestar de los más pequeños, los más indefensos, los más vulnerables. Y esto, en el fondo, es hermoso, instintivo y primario.

Sin embargo, la sociedad ha cambiado. El hecho de que la familia ya no comparta el espacio físico que compartía antaño hace que las madres y padres no se refugien tanto en la experiencia de sus progenitores o abuelas si no que deben buscar recursos fuera. Asimismo, no hay una cultura de crianza que se imponga a otra y disponemos de una gran cantidad de recursos, de estudios que avalan el modelo que escogemos y existen grupos de apoyo para ayudarnos con las dificultades que podamos tener, por ejemplo, con la lactancia o simplemente para ofrecer espacios en los que estar, en los que compartir y en los que encontrar a personas afines a nosotros. Esta cantidad de información y la distancia física forma una fractura con las generaciones anteriores que puede derivar en tensiones, de abajo a arriba por sentirse cuestionada e invadida y de arriba a abajo por sentirse también cuestionada y por no saber cómo ofrecer ayuda.

Creo que al final, lo más importante es que cada familia encuentre la estabilidad y el equilibrio, y sobre todo la confianza. Como dice Laura Gutman, es necesario liberarse de todas las opiniones ajenas y dejarse guiar por la propia intuición. Nadie mejor que los padres sabrá cómo es su hijo, cuáles son sus necesidades, o qué entorno quieren crear para educarle. Tampoco nadie debe interferir en cuestiones tan importantes de su crianza que incluso puedan cambiar el rumbo de ésta. Las recomendaciones han de efectuarse desde el más absoluto respeto, desde la prudencia, y no como verdades incuestionables ni valoraciones, ni como cuestionamientos a la capacidad de educar de los padres en base a su inexperiencia.

Ante los juicios o comentarios ajenos tenemos dos opciones: enfrentarnos de manera sistemática a los comentarios que consideremos dañinos o intrusivos amparándonos en la opinión de profesionales del mundo de la salud, la educación y la crianza para explicar nuestra actitud (actitud muy loable, pero sin duda, agotadora), o hacer oídos sordos. Lo mejor, una combinación de ambas y valorar con quién merece la pena hacer este esfuerzo y con quién es mejor esbozar una sonrisa, respirar hondo y dejar pasar el momento. Por suerte siempre hay estadios intermedios y personas con las que se puede hablar, debatir y sobre todo aprender.

Y tú, ¿cómo lo gestionas? ¿Te has sentido alguna vez así?

Ana Ferri. Wemum

 

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